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  • Alegrarte

Viaja para encarar la realidad, no para alejarte de ella




Estrés, decepción, tristeza, enojo, impotencia...

Estoy segura que todos hemos sentido una o varias de estas emociones a lo largo de nuestras vidas. Es más, apostaría a que las sentimos a diario en mayor o menor medida, son tan normales que incluso me atrevo a catalogarlas como necesarias. En definitiva nuestro mecanismo de defensa por excelencia.


Y es que ante situaciones de peligro nuestro cerebro tiene un switch con dos modalidades: pelear o escapar. Es instintivo y nadie tiene la culpa, es una herramienta mental para evitarnos sentir que no tenemos el control.


Esta es la razón por la cual parece tan fácil deshacerse de los problemas del día a día con una escapadita a la playa. O unas vacaciones todo-incluído. O huir al bosque y querer crear una sociedad nueva que no dependa de la economía actual y construir un modelo social desde cero con tus amigos. (¿No? ¿Sólo yo?)


Pero regresas a casa después de unas vacaciones merecidas y la pila de ropa sucia sigue en el mismo lugar, los trastes sin lavar y la cama sin tender. Los problemas están ahí en la sala, esperando que entres como un adolescente a media noche para sorprenderte y recordarte que te han estado esperando y que no planean irse a ningún lado pronto.


Sientes como la alegría de un fin de semana en la playa comienza a apagarse, hasta que parece que tus vacaciones no existieron nunca y el ciclo vuelve a empezar.


Viajar en definitiva me ha cambiado la vida, la manera de ver las cosas, mis metas y mis sueños. Ha transformado la persona que era y me está motivando a convertirme en la persona que quiero ser.


Sin embargo creo que viajar jamás debería ser una excusa para alejarte de tus problemas. Pensamos que nos podemos distraer, que podemos ignorar nuestros deberes, obligaciones y dificultades por unos días sólo para regresar del viaje siendo los mismos. Que podemos ponerle pausa a nuestros sentimientos mientras bebemos una cerveza en la alberca sin querer aceptar que estamos tan dispuestos a romper en llanto ahí como en lo haríamos en casa.


Si viajar me ha enseñado algo es que los problemas son ineludibles y que aquello que nos conforma irá con nosotros a cualquier parte del mundo. Porque tus problemas no son tu casa, tu oficina, la gente que te rodea; tus problemas son tus pensamientos, tu perspectiva, tu manera de actuar. Y de esto no nos podemos deshacer jamás.


Cuando comencé a viajar tenía una tristeza inmensa dentro de mí, y siempre partía con la ilusión de aligerar esa carga y de regresar con cargada de energía, que tuviera un momento de lucidez durante el viaje y mi vida cambiara por completo. Pero jamás fue así.


Viajar me enseñó que la tristeza es como un niño pequeño: Necesitas tomarla de la mano y sacarla a pasear. Necesitas dejar que socialice, que explore, que se maraville y que se asombre por todo lo que le rodea. Que corra, que se estampe contra la pared, llore y luego se levante. Necesitas dejarla salir a jugar lo suficiente para que al regresar a casa esté derrotada, se duerma y te permita tomarte una copa de vino sin miedo a que se despierte.


¿Quieres conocer a alguien verdaderamente? Viaja con él.

¡Así que viaja contigo! Viaja con tus ilusiones y con tus miedos. Viaja con tus fortalezas y debilidades. Viaja para ti y contigo, porque al final del día esto te permitirá conocerte en miles de situaciones y ambientes extraños, dándote la opción de reconsiderar tu manera de actuar o de reafirmarla aún más.


Viajar nos sirve para dejar de idealizar lugares, personas y situaciones. Nos sirve para enfrentarnos a nuestros más grandes detonantes y elegir actuar distinto. Nos sirve para sacarnos de nuestra zona de confort y enseñarnos que hay algo mucho más grande detrás de todo a lo cual estamos acostumbrados.


Así que no, viajar no te ayudará a dejar de estar triste o estresado, no te hará olvidarte de tus problemas, tampoco hará que tus relaciones cambien ni te dará la receta mágica para una vida llena de éxitos.


Si te atreves, viajar te enseñará que las heridas solo sanan... cuando se les permite respirar.




Karen Sardá. 24 años. Diseñadora Interactiva.

Nací en CDMX pero he vivido toda mi vida en Morelia. Amante de la pizza, los perritos y los atardeceres. Probablemente sea mi mejor cualidad al mismo tiempo que mi más grande defecto, pero siempre estoy intentando ver lo bueno de las cosas, como me aconsejó mi mamá. Hace un par de años que comencé a viajar por gusto, sola y acompañada. Aunque inicialmente era un hobby, estoy decidida que esto es lo que quiero hacer por el resto de mis días.


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