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Un pedacito de mi vida




Escribir esto me ha costado semanas de ansiedad y días de lágrimas, porque aunque parezcan unas cuantas palabras, en realidad son años llenos de dolor y sufrimiento que guardé en un cajón y que tarde o temprano se abriría. Esa oportunidad la he tomado hoy; decidí abrirlo para sanar y poder compartir un pedacito de mi vida que no cualquiera conoce.

Desde hace tiempo me di cuenta de que crecer duele, así como las mamás nos dicen “Si te duelen las rodillas es porque estás creciendo”, no sabía que cuando crece el alma, también duele. Fueron muchos años en los que una nube opacó mi brillo, como si una sombra me cubriera y no me dejara ir. Me ensombrecía cada día un poco más, no sabía cómo detenerla porque ni siquiera sabía por qué había aparecido.


Es de esas adversidades en las que te preguntas: ¿por qué a mi? ¡Las personas siempre queremos saber la razón de ser de todo!, cuando en realidad no es lo que nos va a hacer crecer.


Fueron meses de querer saber por qué pasaba esto, no había una razón psicológica.

Crecí los primeros años de mi vida con muchos factores de protección, tenía una familia unida y llena de amor, amigos que estaban ahí para apoyarme y sacarme un montón de sonrisas, bailaba hasta que ya no podía más y tenía todo en la vida. No tenía sentido que esto me estuviera pasando a mí. Comenzaron los estudios: electroencefalogramas, resonancia magnética, tomografía, no aparecía nada. Algo estaba pasando en mi cerebro y no lo podía ver. Me solía consolar con frases como: “Todo pasa por algo” “Todo va a estar bien” “Todo se acomoda”, pero en realidad nada de eso era verdad, por lo menos no en ese momento. Quería vivir en un futuro en el que todo se resolvía y yo sería feliz.


Comprendí que nada es color de rosa, pero tampoco negro. Estaba viviendo en el pasado y al mismo tiempo en el futuro, cuando todo lo que tenía era el presente. Y por supuesto no lo quería ver porque dolía, mi presente significaba dolor y sufrimiento: vivir entre doctores, estudios y pastillas. Esto es difícil porque te empiezas a cuestionar muchísimas cosas de quién eres, ¿Soy una pastilla? ¿Soy una enfermedad? ¿Soy una etiqueta? ¿Soy un estereotipo? ¿Quién soy?


Lo que sí sabía es que sentía que nunca era suficiente. No comprendía que ser suficiente es sumamente relativo. Era sólo una niña de 16 años que no sabía quién era, ni lo que quería, ni a dónde iba. Estaba llena de expectativas, no de los demás sino mías. Entre mejor me sentía más me exigía, era una montaña rusa de la que no me podía bajar, un círculo vicioso en el que un día estaba bien y otro no. Estaba en una etapa complicada, una adolescente con todos los ups and downs, más todos los síntomas de depresión. Nada estaba claro y yo necesitaba respuestas.


Después de un tiempo vi que que mi presente sería como yo lo construyera y que las respuestas tal vez no las encontraría o por lo menos no las que buscaba.


De pronto nos amamos como creemos que lo queremos y no como lo necesitamos. Por lo que cambié de “por qué” a un “para qué”. ¿Qué podía hacer yo con lo que estaba viviendo? Decidí empezar a entregarme a los demás y que todo lo que hiciera lo haría por amor. Sabía que lo que me propusiera lo podía lograr.


El voluntariado me sacó de mi burbuja . Poder ver que yo podía ayudar a otro, me llenaba aunque fuera un instante. Busqué ser la mejor para los demás, ser una excelente alumna, hija, hermana y amiga; todo por otros. Había algo que aunque me hacía sentir bien unos momentos, no me hacía feliz. Era una lucha constante de ¿ahora qué sigue? ¿estoy cumpliendo lo que tengo que hacer? ¿estoy siendo lo que debo de ser?


El “deber ser” es algo muy peligroso, vives por lo que se supone que debes de ser y no lo que quieres ser.

Ser lo que quieres ser, requiere de algo que de pronto a los seres humanos no se nos da muy bien: tomar decisiones y mantenerte firme.


Esto te cuestiona más de lo que piensas porque te envuelves en las expectativas ¿Qué quieren los demás? pero sobretodo qué quieres tú. Yo quería estar bien y quería dejar de sobrevivir para empezar a vivir. Tenía que tomar la decisión y tener la fuerza de voluntad para comenzar a actuar congruentemente con lo que quería. Tomar esa decisión para mí fue muy difícil, tenía mucho tiempo de no tomar decisiones pues vivía en mi burbuja entre mi cama, los libros y antidepresivos, pero ya era el momento de levantarme y seguir. No quería que esa fuera mi vida, aunque he de confesar que era un área de confort muy grande. Esa decisión implicaba salir al mundo y probar mis fuerzas para seguir, encontrarme conmigo y con los demás fuera de mi comodidad.


No me creía una persona con mucha fortaleza, pero la gente a mi alrededor me decía que lo era y, ¡¿por qué no creérmelo?! Cuando sentía que ya no podía me repetía: “Natalia, put your shit together and move on” y eso me permitía poner a un lado toda esta parte negativa y empezar a ver un poco la luz al final del túnel.


Decidí que había un túnel por día, porque si veía toda mi vida en uno solo, me perdía de muchas cosas maravillosas que dejaba de disfrutar por estar enfocada en la oscuridad y no en la luz.


Comencé a vivir un día a la vez, con las cosas bellas y con las que dolían también. Me costó tiempo y esfuerzo pero después de un año me estabilicé. Fui creando una red de apoyo que me sostenía cuando sentía que no podía, me rodeé de personas que me hacían crecer y creer en mí. Ya no fue tan difícil vivir cada día. Terminé la prepa y me sentía bien. Aunque hubo movimiento en mi vida, estaba bien.


Todo empezó a cambiar cuando entré a la Universidad. Después de dos semestres había algo que me movía, algo nuevamente no estaba bien. Necesitaba hacer algo que no me gustaba nada, pedir ayuda. Me acerqué a personas que me conocían muy bien y decían: “Eres una persona fuerte, tú puedes”. Pero la fortaleza a veces no lo puede todo, me enfrenté de nuevo a doctores y estudios. Resultó que tenía una enfermedad que pocas personas tienen, narcolepsia sin cataplejías. En fin, era otra enfermedad silenciosa que me estaba consumiendo pero esta vez no permití que quitara mi brillo. Vivía en la rutina, la universidad, proyectos de vida, movimiento y caos. Sucedían tantas cosas al mismo tiempo que me olvidé de vivir. Entonces me di cuenta que el “para qué” ya no me impulsaba a seguir, ahora lo único que me preguntaba era “cómo”. ¿Cómo voy a lograr vivir en este remolino?


La respuesta la encontré dentro de mí, sintiendo, amando, sirviendo, soñando, luchando, aprendiendo, riendo; así, en primera persona.

Porque lo único que tengo y siempre tendré es a mí en mi presente. Siendo resiliente y fuerte frente a las adversidades, como un árbol con raíces profundas que me sostengan y un tallo fuerte para no flaquear, y así eventualmente dar frutos.


Te preguntarás, ¿qué es la resiliencia? Para la psicología positiva es salir más fuerte de una crisis, para mí es que “te lleve la chingada y caer parado”.

Así uno crece, y duele, pero cómo vivas tu presente depende de ti. No te rindas, levántate una y otra vez. Confía en ti y en quién eres. Emprende tu camino y siempre disfruta el paisaje, pero sobretodo elige con quién quieres caminarlo.






Natalia Vidal


Soy una amante de los libros y de mundos nuevos por conocer. Curiosa de la mente humana y de su anatomía. Me fascina escuchar a las personas y conocer todas sus facetas. Entregada al mundo y a quienes amo.

Si quieres a alguien que te escuche me puedes escribir a nat.vidalc@hotmail.com

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