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Dejar de tener miedo

Cuando era niña, esperábamos con ansias las vacaciones de verano porque nos reuníamos en casa de la abuela con los primos que llegaban de Estados Unidos.

Entre las actividades que más disfrutábamos estaban jugar turista y “basta”. Por supuesto, nunca faltaba el que lloraba porque perdía o porque alguien se había burlado por algo tonto.

En la noche también nos gustaba jugar a las escondidas. Dejábamos apagadas las luces del segundo y tercer piso para que todo fuera más emocionante. Claro que, en cada ocasión había “sangre”, entre descalabrados, raspones y golpes en diferentes partes del cuerpo.

Fuera de casa, nos encantaba ir a patinar en hielo. También fuimos fans declarados de todas las películas de Batman y de ir a nadar a la alberca del Club Guadalajara.

La alberca era muy grande y no sé por qué siempre estaba el agua helada. Había una zona específica donde había un letrero que decía que los menores de edad debíamos estar solamente bajo supervisión de un adulto: la fosa de clavados.


Por supuesto que todos moríamos por ir a la fosa y sentirnos “grandes”. Al principio yo iba a explorar un poco, pero jamás me atrevía a saltar de las plataformas. Había una de tres metros, otra de cinco y una de diez que, desde la vista de la alberca, parecía que tocaba las nubes del cielo.


Los primos mayores eran como nuestros héroes, porque ellos se aventaban repetidamente, incluso el mayor de todos era asiduo en la plataforma de diez metros. Yo aplaudía cuando lo veía caer hasta el fondo de la fosa y me quedaba mirando con ansiedad para que saliera a flote y que todos estuviéramos seguros de que estaba bien.


Yo siempre he sido miedosa, pero un día no pude más con la curiosidad. Pensé en salir de la alberca y aventurarme un poco. El plan sería subirme a una de las plataformas, mirar desde allí cómo se veía todo, para después bajarme y seguir jugando en la alberca, porque recuerden, que ese lugar no era permitido para niños pequeños.


Llegué a la primera escalera de la plataforma de tres metros. Era angosta, de fierro y los escalones delgados, de hecho, al pisar el primero sentí que en realidad eran bastante molestos para las plantas de los pies. Me agarré de los barandales laterales y empecé a subir. Llegué a la plataforma y sentí cómo el aire se sentía diferente, era como una sensación de libertad. Miré al cielo y se veía hermoso: de un azul muy claro, con un sol radiante que se sentía en el cuerpo como un abrazo para mitigar el viento que hacía sentir frío en el cuerpo mojado.


¡Qué hermoso momento! Lo disfruté tanto que no me di cuenta de que uno de mis primos ya estaba también conmigo en la plataforma.


Cuando lo vi inmediatamente le dije “ya me voy a bajar”.

Sabiamente me dijo: “está bien tener miedo”.


Había apenas terminado la frase cuando sentí sus dos manos en mi espalda aventándome al vacío. Yo creo que aguanté la respiración durante los segundos que tardé en caer a la fosa. Casi en el fondo, agité fuertemente las piernas y los brazos para salir a flote lo más rápido posible. Ahora puedo contar que yo también me aventé de la plataforma, no me morí y me gustó muchísimo.


Pero lo más importante es que nunca se me ha olvidado la frase “está bien tener miedo”.

Recuerda todo lo extraordinario que te ha sucedido en la vida y cómo sentías un poco de miedo al principio: el primer beso, tu debut en una escuela nueva, cambiar de ciudad, el puesto de mayor responsabilidad en el trabajo, tu primer cliente, un viaje, embarazarte, tener un hijo...

Es por eso que es peligroso que dejes de tener miedo. Esto significa que estás en tu zona de confort, que te estás aburriendo y que no estás desarrollando nuevas habilidades para vivir nuevas experiencias maravillosas.


El miedo es algo humano y natural. Cuando lo evitamos, nos va a perseguir hasta acosarnos, pero el secreto está en hacer lo contrario: no dejes que te encuentre, búscalo constantemente y descubrirás que será tu mejor amigo, aliado y socio.





Claudia Oropeza Barrera.


Mexicana, nacida en Guadalajara, Jalisco, pero crecí en Michoacán. 34 años, casada y tengo tres perros.

Me gustan muchas cosas y soy muy curiosa, pero mis pasiones son la agricultura ecológica, la alimentación humana, la nutrición, el bienestar, la responsabilidad social y la sustentabilidad.

Estudié la licenciatura en Ingeniería Agrícola por la Universidad Autónoma de Guadalajara. Adicionalmente realicé una Maestría en Administración en el Tec de Monterrey Campus Guadalajara y más recientemente cursé la Maestría en Responsabilidad Social en la Universidad Anáhuac México Norte y el Diplomado en Desarrollo Sustentable, título otorgado por el Centro Latinoamericano de Responsabilidad Social (CLARES).

Mi experiencia profesional siempre ha sido en las áreas de sustentabilidad, medio ambiente, responsabilidad social y relaciones con gobierno en industrias de distintos giros: químico, alimentos, manufactura, servicios. Actualmente también soy emprendedora siendo socia de los estudios de spinning Xcycle en Querétaro y colaboro dando clases en varias instituciones privadas de Querétaro.

Fui escritora desde pequeña escribiendo cuentos y actualmente estoy a un mes de publicar mi primer libro en Amazon, así que me encanta compartir a través del medio escrito.

Estoy muy emocionada de tener la oportunidad de formar parte de la familia Sihuatl Mundo.

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